Gredos in my mind



No es ningún secreto, estoy en Hoyos del Espino. Durante mi más tierna infancia disfruté intensamente con mi haters de los campamentos de verano en una hermosísima pradera a pocos kilómetros de aquel idílico y diminuto reducto agrícola.

Es una zona bellísima, los 12 meses del año. Siempre verde, excepto cuando la nieve tiñe de blanco todo. Los pinares infinitos inundan la comarca, incluso la imaginación.

Hoy me he atrevido a subir al Morezón, un pico imposible en el 99% de mi tiempo vital pero que en el 1% restante se ha materializado. Por guebos, y hoy ha tocado. Sinceramente, no debería haberlo hecho si fuese persona razonable, pero hoy no era el caso. Después de jugarme el pellejo, el corazón y los huesos durante muchas horas, he conseguido subir hasta lo más alto. No perdáis de vista que este que suscribe ya se acerca a las 54 primaveras, y el músculo del amor (el de cupido) se queja cuando sube de las 175 pulsaciones por minuto.

Digamos que era algo pendiente antes de que la parca venga a visitarme y me lleve al Sur, y hoy ha podido ser. Contento no, lo siguiente.

Siento profunda lástima por mis pies muy cansados y muy doloridos que no han dejado de maldecir las botas del decathlon que llevan martirizando unos cuantos días desde que las estrené.

Ha sido una experiencia extrema, sobre todo por haber imaginado mi rechoncho cuerpecito cayendo varias veces por precipicios centenarios. Al final (no hay que ser un lince en peligro de extinción) he conseguido llegar al camping más o menos enterito.

Lo mejor es que he conseguido durante un rato hacer las paces con el ser humano. De verdad, he tenido momentos karmáticos sin tener que ir a un fin de semana de retiro espiritual a cualquier negocio disfrazado de monasterio budista. No me he encontrado NI UN PAPEL, NI UNA LATA, nada, nada, nada, absolutamente nada en los 16 kilómetros por el parque regional de Gredos que delatase las verguenzas de los españolitos montañeros de Domingos.

Me he sentido muy bien sin ver en tantos kilometros ningún rastro de la guarreria habitual. Hasta que no he llegado a la plataforma no he puesto el grito en el cielo y he vuelto a creer en este país, en esta sociedad tan falta de cultura, conocimiento y dos dedos de frente. Me he montado en la furgoneta en paz con el planeta, e incluso con los españoles. Ni aunque me hubiese encontrado en estos prados con perro Sanchez o con Nuñez FeakJo me hubieran jodido el momento celestial.

Todo fue fetén, maravilloso, increíblemente bien hasta que llegué al camping.

Me he lavado los pies ardientes en un canal de aguas cristalinas y heladas que cruza todo el campamento, lo he disfrutado mucho aunque a mi me gustan las temperaturas extremadamente calientes. Y después he ido al servicio a hacer pipí, más de 7 horas de abstinencia y aguante por no haber encontrado un momento de ni un lugar de paz.

Entonces he visto eso. Y he vuelto a detestar al ser humano, al menos al macho. En los aseos masculinos, en una taza del water impoluta en términos generales, había un refregón espantoso. Algo que atenta contra la más mínima medidas de higiene mental y social.

¿Cómo es posible quedar pegada en la taza del water mas mierda que la que se ha ido por el desagüe? ¿Cómo es posible dejar “eso” y no usar la escobilla? ¿Como es posible salir del aseo y dejar el regalito para que el siguiente, o en el peor de los casos la persona de limpieza, tenga que enfrentase a un duro enemigo con color negro zahino?

He vuelto a la realidad, a no creer en el ser humano. Después de un duro y maravilloso día cruzando Gredos, la realidad con forma de refregon mierdoso me ha devuelto a la verdad. ¡Nos inunda la mierda!

Por eso quiero y admiro tanto a mi amigo fraternal Javier Cermeño. Solo él es capaz de encontrar el fino sentido del humor en una situación así, saberlo perdonar, y seguir siendo un señor integral.

Definitivamente un maravillos día con un final de mierda.

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