Malos tiempos
Tengo un amigo socialista, de los de toda la vida.
De esos tipos valientes que eran enlaces sindicales cuando en las empresas se les discriminaban y los jefes les hacían la vida imposible. De aquellos luchadores silenciosos que en los tiempos de la transición escuchaban a AnaBelen cantar “Y veremos a Dolores en Madrid…” en un radiocasete con el volumen al mínimo. De los que amaban a Felipe sobre todas las cosas.
Mi amigo era feliz, y lo sigue siendo, juntando a la familia y pagando ronda de cervezas y raciones cada vez que se tercia una ocurrencia. “El sociolisto” lo sigue llamando un cuñado, porque tuvo buenas relaciones con Ibarra cuando era el Bellotari.
Vamos, un rojo de toda la vida orgulloso de su pasado.
Y ahora, en la vejez, mi amigo está pasando una época difícil. El rojo parece un rosita palo descafeinado. No se siente a gusto con el canino Sanchez ni sus acólitos, y discrepa silenciosamente con las ocurrencias de los últimos gobiernos pseudo socialistas. Dice que no entiende a esta nueva generación de políticos metidos a influencers, y que tampoco entiende a la España del XXI. Con sorna sigue reivindicando a Guerra y alabando la capacidad visionaria de don Alfonso en aquel grito de guerra estridente: “A España no la va a reconocer ni la madre que la pario”.
Anoche me lo encontré en la calle, y como no puedo evitar meter los dedos en la llaga más sangrante, le di la enhorabuena por el acuerdo con los secesionistas. Luego me arrepentí de ser tan cabroncete.
Se me quedó mirando, en total silencio, unos segundos eternos. Mi sonrisa empezó a desdibujarse cuando intuí humedad en sus ojos. Muy serio, y con el tono bastante tristón, al final me respondió:
- Todo es una canallada. Ese tío es capaz de vender a su madre por dormir una noche mas en Moncloa. Se pasa por el forro de los cojones las leyes, la constitución y lo que es peor, al partido. Y dentro del psoe, todos estamos callados, acobardados, sin atrevernos a hablar para no ser purgados. El partido ya no existe, ahora es otra cosa.
Luego sonrió, me dio la mano apretando fuerte, y se fue calle Zurbarán arriba cuando la lluvia volvía a caer.
