Sufrimiento
La mujer se limpia los ojos con el revés de su mano, intenta disimular las lagrimas que constantemente pueblan sus ojos. Inmediatamente siente el olor del pescado adueñándose de sus fosas nasales. Aunque lleva mas de 20 años cortando y limpiando peces no se acostumbra al intenso hedor que impregna cada espacio del puesto de pescadería que regenta junto con su marido en LaPlaza. Odia profundamente ese olor pegajoso y persistente que les permitía tener una economía desahogada. “Maldita la hora en la que quedé presñá de ese desgraciado”, piensa mientras mira con infinito cariño la fea cara de Andres padre.
Viven en un pequeño piso de 52m2 y 3 habitaciones ridículas, en una cuarta planta, sin ascensor. El barrio, una invención del ministerio de la vivienda franquista, se compone de 20 bloques de viviendas muy humildes donde se mezclan mutilados del bando vencedor con pintores, mecánicos, fontaneros y algunos afines al régimen que siempre viven en el principal de cada bloque, y por cosas del destino, ostenta vitaliciamente la presidencia de la comunidad de propietarios desde el primer día. Todas las familias son clase baja, pero con la dignidad proletaria bien alta, incluidos los pocos grises que vigilan al resto de vecinos. A esos, a los grises y a sus familias, se les odia constantemente.
Aurora envuelve una pescadilla en papel de estraza y se acerca al puesto de Dionisio, el carnicero. Intercambian ternera de jarrete por la merluza venida a menos, y aprovechan para rozarse los dedos durante el intercambio con la complicidad de los amantes que nunca llegaran a pecar del todo.
Dionisio da una profunda calada al Celta sin boquilla y se embelesa con las formas del culo de Aurora que se marcha atada del brazo de Andres. No puede evitarlo, la desea completamente, aunque bien sabe que es un amor imposible mas allá de algún tórrido encontronazo en el cuarto de las cámaras frigoríficas que comparte con el puesto de su vecina. A sus 38 años ya ha aceptado su soltería, y solo se consuela muy de cuando con alguna puta de la calle Encarnación y con la idea fugaz de comprarse un apartamento en Benidorm cuando se jubile, y que le toque la lotería con forma de viuda de militar o que se enamore de él una sueca de las que salen despendoladas en las playas en las películas de Alfredo Landa. No lo sabe, ni lo sabrá nunca, pero no le quedan ni dos años para que un cancer de pulmón lo lleve al Sur donde nació.
Aurora y Andres van dando las buenas tardes a las vecinas con las que se encuentran a lo largo del recorrido que los lleva a su piso. Todas son clientela habitual, sobre todo a principios de mes cuando la cartilla de CajaBadajoz está más desahogada.
Al ver su bloque, ella vuelve a llorar desconsolada, en silencio, con los ojos ahogados en generosas lagrimas. El le aprieta el brazo y le susurra un “hoy lo pongo en la puta calle, ¡ni pena ni hostias!”. “No Andres, por Dios, solo es un niño”, y venga llorar.
Al entrar en el piso notan la intensa soledad del gotelé en las paredes blancas del pasillo, ya solo queda el taquillón de la entrada y un horroroso espejo con rayos solares de chapa dorada. Poco a poco, todo lo demás ha ido desapareciendo.
Aurora sé tiró varios días buscando el reloj de pedida que le regalaron sus suegros. Buscó y rebuscó por todos los rincones del piso hasta que se quiso hacer a la idea de que lo debió perder en la pescadería un día que se puso guapa para animar a Dionisio en su cumpleaños. Sabia que jamas se lo había llevado al puesto, pero aquella mentira le sirvió para no seguir buscando. Las dudas fueron eternas cada vez que el niño llegaba a casa.
Semanas mas tarde desaparecieron las joyas. Luego los tenedores y las cucharas del ajuar. Cuando Andresito comprendió que nadie se atrevía a echarle la culpa de las faltas, aquel piso se convirtió en el germen ochentero de un cashcovert donde los amigos yonkis del adolescente se pasaban a echar una mano en el desvalijo diario de todo lo que tuviese algo de valor para poderse meter un pico de caballo compartiendo aguja y jeringuilla. Solo uno de aquellos buenos muchachos educados en un colegio de jesuitas llegó a la edad de Cristo, todos los demás fueron cayendo como moscas en una orgia de ZZPuf y sida.
Después de que Andresito se apagase a lomos de una sobredosis comprada con el trapicheo del colchón de matrimonio de sus padres, Aurora perdió la cabeza. La pescadería tuvo que cerrar, y Andres la ingresó en en manicomio donde ella solo abrió la boca una sola vez para decir a gritos “Hijo, ahora ya no sufro…” mientras saltaba por el hueco de la escalera estampándose contra el hermoso suelo de baldosas hidráulicas.
“…Ya no sufro, hijo mio“.
