Retorciendo la lengua


En la calle de la Cebada, en Madrid, sentado en un velador de un bar con cañas y mojitos con vientos del Sur. Intento fallido y humilde de querer ser un bar de surfistas de playa, claro, pero que solo llega a un reducto de maduritos contando historias fantasiosas.

El camarero, treinta y pocos, sentado enfrente de los veladores espera a que alguien le llame. Con la mirada perdida deja que la larga jornada laboral pase. Unos guiris en el velador de mi izquierda (un Sábado a las tres de la tarde en Madrid somos todos guiris) hablan de sus viajes a Usuaia y a Bariloche, y otras vacaciones en Australia. Parece ser que allí daría igual si estuviesen Vox, PP o Psoe, que aquello es otro mundo donde todo es más relajado y mucho jiji-jaja. Entran ganas de ir a ver canguros y tiburones blancos, y practicar KiteSurf en sus tremendas playas coralinas.

Pido otra jarra típica de la calle y la cuenta. Diez eurazos por las dos consumiciones. Ayer me clavaron 6 euros por lo mismo en Gredos, y antes de ayer 5€ al ladito del centro de interpretación de la Garganta de los Infiernos (otro día os hablaré de la mala educación). Va quedando claro que cuando más al norte viajas más cara es la cerveza. Menos mal que este año el camping de Julio está en Rota… Empiezo a descartar el viaje en moto a Noruega (aunque yo siempre he dicho NoRRuega) en algún momento, igual tengo que dejar la moto en prenda si me tomo un par de cervezas allí.

Pasear por Gran Vía arriba, Gran Vía abajo me resulta muy divertido. Prefiero hacerlo a la hora del café/desayuno mañanero cuando la avenida está casi desierta y las tiendas aún no han abierto, los portales huelen a reseca de la noche pasada. A media mañana es un circo.  Aunque pienses que acabas de ver la pinta más estrafalaria del mundo, a los pocos metros descubres que siempre es posible ver algo aún más llamativo. Pibes de infarto rentabilizando la inversión en la operación de aumento de mamas, tíos fuertes y guapos de todas las nacionalidades, muchísimos mariquitas --ya, ya sé que ahora se dice homosexuales o LGBT, pero yo soy gato viejo y me cuestan los cambios-- con poses y andares cuidadísimos llenando de glamour las aceras, miles de americanos con esos rostros sonrosados tan característicos y hablando en un inglés de Kentucky perfecto, y también mucho madrileño que parecen recién salidos del pueblo de Extremadura desde donde emigraron hace 50 años. Y hasta un cincuentón venido a menos con unas gafas de pastillero y la gorra heredada del Comandante.

Aprovecho para desviarme, sin coña, a Chueca y comprobar como son los preliminares de la semana del Orgullo. Quitando las banderas multicolores de los balcones, nada que destacar siempre que no hayas estado como la bella durmiente los últimos 30 años. Me chilla un poco la idea de barrio gueto lleno de negocios LGTBIQ+ , pienso que quizás tuvo su momento para reivindicar verdades como puño, pero que con el paso del tiempo ha perdido su leitmotiv. Reitero, ya tengo la vida vivida y respetando todas las posturas e ideas me quedo con las mías, o como dicta esa máxima Marxista “si no le gustan mis principios, lo siento, no tengo otros”.

Ayer leía un titular en el que Carla Antonelli, primera transexual senadora española, decía: “Seré la voz de todas, todos y todes los madrileños”. Me parece cojonudo que sea la voz del pueblo madrileño sin entrar en ideologias, pero la patada a la RAE y al diccionario sobra. El “todes” es innecesario, es un exceso lingüístico que no acaba de sumar, resta. Muchas veces tenemos la impresión de que todo el mundo está en el Facebook, y hacemos reflexiones bajo esa premisa. Con el lenguaje intrusivo, suponiendo que el “todes” pudiese englobarse en esa categoría, pasa lo mismo. No todo el mundo está conforme con esa integración forzada, aunque probablemente si estén de acuerdo con lo que pueda significar esa “e”. En mi caso, totalmente con el fondo, pero en absoluto con la forma. Menos mal que no soy Arturo Pérez Reverte y puedo escribir sin miedo a las hordas de trolls inclusivistas.

Acaban de sentarse un grupo de mexicanos pudientes en el velador de al lado. Una chica nombra la palabra “guayabo”, refiriéndose a los hermosos mozos españoles. Curiosamente mi padre utilizaba esa expresión, “guayabo”, para definir a las señoras de bandera cuando éramos muy niños. Esa es la grandeza de la lengua española o castellana, no es necesario retorcer ni torturar el diccionario para expresar la belleza del hombre o de la mujer, independientemente de sus preferencias afectivas y/o sexuales.

Por cierto, mañana se me acaban las vacaciones y os dejaré de dar la vara con mis batallitas. ¡Ha sido un honor tener lectores como vosotros! En estos tiempos que vivimos, leer se ha convertido en una residual costumbre burguesa al alcance de almas privilegiadas. 😉

 

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