Cosas de viejos


“Abuelo, tienes que quitarles los telones a los coches.”

El hombre mira a la adolescente. No le contesta y sigue limpiando el motor de la túrmix que acaba de desmontar en la cochera en penumbra de la humilde vivienda.

La cría vuelve a la carga. “En la calle todo el mundo dice que dan mala imagen a los vecinos, que parecemos sacados de un episodio del Cuéntame.”

Deja los cojinetes dentro de un bote de cristal, se coloca las gafas y busca algún hilo metálico roto en el bobinado del motor.

“Incluso la Mari ha dicho que el ayuntamiento te puede poner una denuncia. Todos los vecinos quieren que quites las mantas a los coches”.

Despacio, midiendo cada movimiento para que no se le note el cabreo que empieza a golpearle las sienes, se gira, se quita las gafas, mira una de las múltiples fotos añejas de las portadas del Interviú que tapizan la pared y encara a la nieta.

“¿Quiénes son todos los vecinos? ¿El marido de la Mari también lo incluyes dentro de todos los vecinos? ¿Y al Felipe, el de la esquina, también es todo el mundo? ¿La Teresa también os dice lo mismo? Pues que sepas que a mí me han dicho lo contrario, que a ellos no les parece mal que cubra los coches para que el Sol no queme la pintura, y que no haga caso a las habladurías. A ver si va a ser que no se atreven a decir lo que realmente piensan porque tienen miedo de la lengua venenosa de la Mari y a su grupo de borregos y palmeros.”

Ella se queda un momento sin saber que decir. Al final balbucea. “Si todos piensan igual, entonces es que tú estás equivocado”.

El esboza una sonrisa tristona en su arrugado rostro. “Hija, en este país nos tiramos 40 años sin poder decir lo que pensábamos. Yo ni siquiera podía hablar de mi padre, que sacaron de paseo en la guerra por rojo. Durante 22 años estuve en el turno de noche en la fábrica para que no me vieran y me reconocieran por la calle durante el día. Siempre con miedo por pensar diferente a ellos, siempre hablando muy bajito para no llamar la atención. Aquel miedo constante no estaba bien, y aun así algunos seguimos luchando diariamente a nuestra manera para poder pensar y decir lo que nos diera la gana aunque fuese muy bajito. Y cuando al fin los tiempos cambiaron, ahora quieren que volvamos a tener miedo de pensar diferente a la mayoría. ¡Me habéis cambiado al Caudillito por la Mari… que cosas hija, que cosas!  Pues sabes que te digo, que no lo van a conseguir. Voy a seguir pensando lo que me de la real gana, aunque no les guste, aunque no esté de moda ni sea políticamente correcto.” 

Permanece unos instantes con los ojos bien abiertos, casi asombrado de lo que acaba de decirle a la nieta. Vuelve a ponerse las gafas y sigue buscando la avería en el motor.

“Te van a denunciar, hay una ley nueva para gente como tú. La ley de terrorismo estético o algo así.”

“Que hagan lo que quieran, para eso están los juzgados. Menuda ley debe ser esa con un nombre tan ridículo ¿Qué significa “gente como yo”? ¿Gente vieja? ¿Gente tozuda? ¿O tal vez quieres decir gente que defiende su libertad de pensar diferente al pensamiento único del grupo? Mira, Lola, si los humanos consiguieron salir de las cuevas y llenar este planeta es gracias a gente que se atrevió a pensar diferente. Mal vamos en esta calle, y muy mal vamos en esta sociedad en la que vivimos si no podemos pensar diferente, aunque pueda que estemos equivocados con respecto a lo que piensa la mayoría. Pensar, poner en común, negociar y llegar a acuerdos nos hace mejores siempre.”

Se calla durante unos instantes. “También pueden meternos a todos los que pensamos de otra manera en una isla y prendernos fuego. Si hacen eso, la Mari se aburrirá muchísimo en medio del pensamiento cobarde que la rodeará.”, dice en un hilo de voz casi imperceptible.

“Bueno abu, no te enfades, haz lo que quieras, pero esas mantas encima de los coches son bien feas.”

“En eso estamos de acuerdo, Lola, son bien feas. Pero son mis mantas y son mis viejos coches.”

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