Amistad
Las farolas ya llevan un rato encendidas. A las afueras de Badajoz un grupo de perros bajitos acompañan a sus dueños en el paseo diario. La luz del fin de la tarde se mezcla con la del principio de la noche, esa luz mágica que no hace sombras.
Por el camino de tierra, a pocos metros del grupo, cruza veloz un conejo furtivo. Los perrillos comienzan a perseguirlo, ladrando uno detrás de otro mientras los hombres siguen con la mirada la escena.
Al poco rato vuelven los perros cabizbajos y se enredan entre las piernas de sus dueños. Mucho conejo para tan poco arroz. La de mayor tamaño, negra y lanosa, se revuelve de cuando en cuando y ladra como un aprendiz torpe de lobo.
- "Como vaya pa ya te voy a pegar".
Ladra ahora melosa mirando fijamente a su dueño, el más corpulento de los tres hombres.
- "Si si, a ti a ti a ti".
La perrilla se olvida definitivamente del gazapo y se revuelca en el suelo moviendo la cola, levantando una pequeña polvareda. Se miran los dos acompañantes, sonríen entre ellos sin que el otro se dé por aludido.
- "Mañana a las cinco y media os quiero en mi cochera. Con el calor las carpas luego se esconden, y tenemos que aprovechar el día."
- "A las cinco y media en punto estaremos abajo, ¿Verdad, Josefo?".
- "Claro, Tato, a las cinco en punto pongo el despertador".
Una leve brisa trae olores de filetes fritos con ajo y cebolla. Poco a poco sus siluetas se alejan, difuminándose en la oscuridad.
- "Toca cena, mañana nos vemos. A las cinco y media, ¿eh?"
